17 agosto, 2008

Juan de la Coba, inventor inmóvil

Por Eduardo Berti


Juan de la Coba era gallego y también se lo conoce (poco, pero algo es algo) como Juan de la Cueva y Gómez. Nacido en 1829 en Ourense, inventor y poeta extravagante (estirpe que comparte con el francés Charles Cros), De la Coba pudo jactarse de tres hallazgos sin par: el “trampitán” (suerte de idioma privado y surrealista avant la lettre), el “pirandargallo” (un paraguas gigante que debía instalarse en el Polo Norte para evitar, de este modo, que lloviera en el planeta Tierra) y un aparato volador, especie de globo aerostático sobre cuyo nombre los historiadores no acaban de ponerse de acuerdo.


Según el escritor José María Merino, que le dedicó un texto en su admirable libro acerca de las “Leyendas españolas de todos los tiempos” (2000), don Juan de la Coba era también aficionado a la escultura. Talló varias figuras de santos para las iglesias de su comarca y la más famosa de todas fue, dice Merino, “un san Roque en el que el artista, por falta de madera, tiempo o ganas, o por mera provisionalidad, talló el perro del santo aprovechando el volumen y la forma de un gran nabo”. Desde luego, el perro-nabo fue encogiéndose con el paso del tiempo y con la humedad, que en Galicia es abundante. Muchos quisieron ver en este encogimiento la señal de un milagro.

Lo más parecido a un milagro en la carrera literaria de Juan de la Coba, poco trascendente por lo demás, fue la invención del “trampitán”. No fue el único escritor en dar a luz un “idiolecto privado¨o un idioma hecho de “otras palabras” que invita al lector a sacar sus propias interpretaciones de cada vocablo. Está el “jabberwocky” de Lewis Carroll; están las “jitanjáforas” del mexicano Alfonso Reyes y está, incluso, la canción “Serú Girán” de Charly García (“cosmigonón, gisofanía…”). Uno de los casos más populares es el capítulo 68 de “Rayuela”, escrito en "glíglico", término inventado por el propio Julio Cortázar: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes". Una diferencia importante, sin embargo, es que mientras el “glíglico” sugiere una intención (casi todos los lectores del capítulo 68 comprenden o deducen que se trata de un encuentro amoroso), el “trampitán” parece exento de toda intención comunicativa. Es un lenguaje puramente musical.

Al principio De la Coba introducía unas pocas palabras inventadas (“los prados de la julepa”, “el valle del verramoto”), pero luego ideó una ópera de un acto, llamada desde luego “La Trampitana”, enteramente escrita en su nuevo idioma: “Lotun to vero celo verida” puede leerse, entre frases por el estilo. Lo peculiar es que la obra venía acompañada de una traducción, puede que a cargo del propio don Juan. Aquella frase era volcada al castellano como “Siempre te quise, dulce querida”

De la Coba murió en 1899, también en Ourense. El inmovilismo parece haber signado su vida: así como el “trampitán” es un idioma que no conduce a ninguna parte y cuya finalidad se agota en sí mismo, su globo aerostático postulaba una suerte de viaje quieto.
En efecto, el escritor Manuel Rivas ha contado que el singular aerostático de Juan de la Cueva se elevaba pero no se movía, de modo que el pasajero no viajaba a otro lugar, sino que ese otro lugar debía supuestamente viajar hacia el pasajero. En determinada ocasión, escribe Rivas, “Juan de la Cueva se subió al globo en Ourense, y se mantuvo estático porque quería ir a Ceilán, para hablar en trampitán, pero Ceilán nunca pasó por Ourense”.

Poco antes de morir, en 1895, Juan de la Coba mandó a imprimir una de sus obras dramáticas (muchas permanecen inéditas, muchas poseen títulos como “Tretas”, “El congojo” o “Triunfando me voy”) y decidió escribir él mismo el frontispicio. Al hacerlo, dejó de lado cualquier abstracción digna del trampitán; se definió como “uno de los muy pocos mejores escritores dramáticos de España” y hasta dijo que “hay títulos y diplomas a mi favor, ocultos por infames envidiosos”.

3 comentarios:

Diego Fonseca dijo...

Vaya, vaya... Hemos vuelto a Ourense/Orense. Lo dicho, Eduardo: allí hay algo. Tendré que visitarla y recorrerla para escribir.

PS: Mi intuición cedió al deseo de conocimiento. Me puse a buscar material sobre el realismo mágico gallego, sólo para dar que un Anónimo puso los mismos detalles en tu post sobre el perro gallego.

COnfirmado, Orense merece una mirada más detallada.

PD 2: Y ahora recuerdo que El Liceo de Ourense tiene hasta un concurso de microrrelatos y es ciertamente reconocido en España por su actividad "cívico-literaria", dueto de palabras que suena a Sociedad Italiana y de Socorros Mutuos de mi pueblo y a discurso de intendente entre 1948 y 1986.
Buenas historias, como siempre. Un placer visitarlas.

Eduardo Berti dijo...

Sin dudas, estimado Diego. Algo está ocurriendo con Ourense/Orense.

Nos tendremos que poner a leer a Alvaro Cunqueiro, tal vez, para desentrañar los profundos misterios de Galicia...

Un abrazo!

Félix Álvarez dijo...

A día de hoy sigue existiendo, en la plaza mayor, el bar con nombre de su invento lingüístico. Y una curiosidad es su pared de bacinillas antiguas, literalmente.

Buscando alguna información sobre el trampitán no solo he encontrado estas líneas sino que he podido consultar la obra teatral compuesta por de la Coba (disponible en la Biblioteca Digital Galiciana).

Un saludo desde Ourense.