31 agosto, 2008

Christopher Sholes, el señor Qwerty

Por Eduardo Berti

Al teclado de las máquinas de escribir y de las computadores se lo denomina Qwerty porque así se leen sus primeras letras, de izquierda a derecha. Una falsa leyenda le atribuye la paternidad del Qwerty a cierto James Daugherty que inventó a fines del siglo XIX una máquina de escribir. Según esta leyenda, Daugherty ordenó las teclas para que el “e-r-t-y” permitiera escribir con facilidad su apellido.

El verdadero creador del teclado Qwerty fue el norteamericano Christopher Latham Sholes, quien a partir de 1867 patentó varias máquinas de escribir. Nacido en 1819, Sholes había trabajado como editor de periódicos y ejercido cargos políticos y administrativos, cuando con dos socios, Carlos Glidden y Samuel Soule, logró al fin una máquina de escribir tan eficaz que, en 1873, la empresa Remington compró los derechos por 12 mil dólares.

En cuanto al teclado Qwerty, existen dos versiones sobre su nacimiento. La primera indica que las máquinas de Sholes tenían un inconveniente: apenas el dactilógrafo adquiría buen ritmo, los tipos chocaban y se atascaban como espadas cruzadas. Para evitarlo, Sholes cambió la disposición de las teclas (originalmente alfabéticas) por otra que ralentizara la velocidad de mecanografiado. Según esta versión, el de Sholes es un clásico ejemplo de producto que se impone no por ser necesariamente el mejor.

La segunda versión sostiene que uno de los muchos socios que tuvo Sholes para sus inventos (un inversor llamado Densmore) era hermano del futuro pedagogo Amos Densmore, autor de un estudio sobre la frecuencia más usual de pares de letras en el idioma inglés. Según esta versión, Sholes consideró los grupos de letras que suelen escribirse juntos con mayor asiduidad (“th”, “er”, “re”) para diseñar su teclado.


Como sea, el Qwerty apareció tanto en la primera Remington como en su edición mejorada: la célebre y masiva No 2, que también incluía otras novedades como la tecla “shift” para escoger entre mayúsculas y minúsculas (el modelo previo, del que se vendieron apenas unos 5 mil máquinas, sólo traía mayúsculas), y los números “1” y “0” (en el modelo previo debían usarse la “ele” y la “o”).

Diez años después, el Qwerty empezaba a imponerse en los Estados Unidos, donde se organizaban concursos en los que debía escribirse la mayor cantidad de palabras sin mirar, ni de reojo, las teclas. Sholes murió en 1890 sabiendo que su teclado permitía escribir entre 80 y 100 palabras por minuto, cuando la escritura manual ronda las 20, pero sin imaginar que en 1923 (en el libro “The History of the Typewriter”) se lo retrataría como “el salvador de las mujeres”, ya que su Remington No 2 masificó la profesión de secretaria-dactilógrafa.

Pronto el Qwerty pasó a ser el estándar occidental, a lo sumo con ligeras variantes (el Azerty francés o el Qwertz alemán), y aunque se le formularon objeciones (su mala ergonomía que, al menos en inglés, obliga a usar mucho más la mano izquierda que la derecha) no fue desbancado ni con la llegada de la máquina eléctrica ni con la invención de numerosas alternativas, como el teclado del profesor August Dvorak, quien alrededor de 1935 dispuso las vocales y consonantes más frecuentes en la hilera del centro

Parece que el Dvorak no sólo era mejor en lo ergonómico, sino en velocidad, ya que con él podían escribirse 400 palabras por minuto. Que los fabricantes y diseñadores de computadoras no lo tuvieran en cuenta y prefirieran seguir con el Qwerty se explicaría, ante todo, por la ardua y tortuosa readaptación masiva que habría significado semejante decisión.

Según Koichi Yasouka (todo un experto en el tema), el propio Sholes estaba insatisfecho con el Qwerty y trató, en 1880, de mejorarlo con otro teclado en el que, un poco como Dvorak, agrupó vocales y consonantes frecuentes. Al morir Sholes, sin embargo, sus patentes cayeron en manos de Clarence Walker Seamans, primer presidente de la Union Typewriter Company. “Pero el señor Seamans, que impulsaba el oligopolio del Qwerty –dice Yasouka-, nunca lanzó a la venta el nuevo teclado de Sholes”.


(Publicado originalmente en el diario "Crítica" de Buenos Aires, Argentina)

6 comentarios:

Diego Fonseca dijo...

Deliciosa historia, Eduardo.
La última variante del Qwerty, para teclados de celulares, es bastante inútil. Al menos para mí, Qwerty va asociado al uso de las dos manos y no de dos pulgares. Blackberry lo tiene y es un dolor de cabeza.


F, el pariente del que perdió con Fernando de Aragón.

Pablo Provitilo dijo...

Hola Eduardo;
muy bueno el artículo. Aprovecho para hacerte una consulta:
¿cómo puedo conseguir rockologías? te agradecería enormemente el dato

mail: pablo.provitilo@gamail.com

saludos cordiales

Camilo Jiménez dijo...

Es una sabrosa historia esta del teclado Qwerty... Acá otra versión, que incluye además una propuesta de mejora (inútil, creo, por lo que bien dices: la difícil adaptación masiva):

http://elojoenlapaja.blogspot.com/2007/12/fusilado-antonio-vlez.html

Eduardo Berti dijo...

Gracias, Camilo.
Sí, es una historia fascinante la del Qwerty, no hay dudas. En cuanto a la versión mejorada en español (de la que se habla en el texto que "fusilaste" en tu blog), no la conocía.

Virginia Avendaño dijo...

Sí, muy linda historia. Y fijate que este año, el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología, de Madrid, elige el qwerty para montar una exposición bien interesante: "Sobre este símil, la evolución darwiniana contada a través de un ingenio tecnológico -la máquina de escribir y su teclado QWERTY- se construye esta exposición. La evolución biológica y la tecnológica tienen una diferencia sustancial; la primera es aleatoria, mientras que en la segunda existe direccionalidad, marcada por el fabricante y el mercado". Acá está la reseña de esa exposición: http://www.madrimasd.org/cienciaysociedad/resenas/exposiciones/exposicion.asp?id=133
(..y mis disculpas por tantos comentarios en un mismo día: una circunstancia triste me retuvo en casa estos días, y leí -muy interesada- casi todos los post de tu blog.)

Eduardo Berti dijo...

Ah, qué bien, Virginia. No sabía lo de la exposición. Muchas gracias por el dato y por tu larga visita!