14 agosto, 2008

Caballo regalado


Estaba yo en aquel momento en Canadá, y un joven inglés me contó como experiencia personal la historia del secuestro de un cadáver, bajo una nieve intensa, en un pueblo perdido de las praderas. El final era de terror puro. Para olvidar aquella historia la escribí minuciosamente y me quedó demasiado bien, demasiado equilibrada, demasiado pulida. Guardé por un tiempo el relato, no porque me disgustara especialmente, sino porque quería estar convencido. A los pocos meses tuve que sacarme una muela con ayuda de un dentista del pueblito estadounidense que hay cerca de “Naulakha”. El dentista me hizo estar un rato en la sala de espera, donde había unos ejemplares del Harper’s Magazine de los años cincuenta, todos ellos encuadernados en tomos de seiscientas páginas. Abrí un tomo y leí con la poca concentración que me dejaba la muela. Allí estaba mi cuento, idéntico hasta en el menor detalle: la tierra nevada; el cadáver helado y cubierto de pieles, en la calesa; el ventero que le ofrecía algo de beber, y así hasta llegar al horrible desenlace. Si llegaba a publicar aquello, no me habría salvado nadie de la acusación de plagio deliberado. Conclusión: en este oficio, a caballo regalado hay que mirarle hasta los pensamientos, no sea que nos atropelle y arroje al suelo.


Rudyard Kipling (“Algo de mí mismo”)

1 comentario:

Cachafaz dijo...

Muy lindo! Un saludo desde Salta!