16 febrero, 2008

La filosofía de Gombrowicz

Witold y Rita en Vence, 1969. Foto de Hanne Garth.


Ya enfermo de muerte, entre el 27 de abril y el 25 de mayo de 1969, el escritor polaco Witold Gombrowicz da en su domicilio de Vence, al sur de Francia, un curso antiacadémico de filosofía a un auditorio reducido: su esposa Rita y el poeta francés Dominique de Roux, coautor de un libro de entrevistas a Gombrowicz publicado apenas un año antes. El curso es un invento del joven De Roux no sólo para distraer del dolor al enfermo sino para hacerle olvidar sus coqueteos con la idea del suicidio. El "profesor" Gombrowicz recurre a viejas anotaciones y a un puñado de libros que compró en la Argentina, durante su estadía de veinticuatro años. Entre esos libros se cuenta una edición de 1948 de las “Lecciones preliminares de filosofía”, de Manuel García Morente.

Publicado en forma de libro, el “Curso de filosofía en seis horas y cuarto” se reconstruye a partir de los apuntes que tomaron en clase Rita y De Roux, y que Gombrowicz no alcanzó a corregir.

El interés de Gombrowicz por la filosofía puede rastrearse en los cursos sobre Heidegger que ofreció en Buenos Aires, en 1959, y, antes aún, en sus lecturas juveniles de Husserl y su muy apreciado Schopenhauer, del que rescata, sobre todo, la teoría artística del juego de fuerzas. "¿Por qué nos encanta la fachada de una catedral mientras que un simple muro no nos interesa?", indaga Gombrowicz. Porque la "voluntad de vivir de la materia" se expresa en la lucha entre "la pesadez y la resistencia".

Para Gombrowicz la filosofía tiene "el valor supremo de organizar el mundo en una visión". Y como la filosofía "no debe ser intelectual sino algo que arranque de nuestra sensibilidad", su entusiasmo por Schopenhauer sin duda obedece a que las ideas de éste abrieron, en su tiempo, las puertas a la filosofía existencial. "Por primera vez", dice Gombrowicz, "la filosofía toca la vida". Y si hay una profunda diferencia entre la filosofía clásica y la existencia, entiende, es la oposición (otra vez el juego de fuerzas) entre lo concreto y lo abstracto. Lo abstracto, que en el mundo de Gombrowicz es la "forma" o lo inauténtico, versus lo concreto que es la "inmadurez", lo vivo.

Críticos como Arthur Sandauer señalaron que los conceptos de "forma" o "madurez" y de "inmadurez" en Gombrowicz coinciden con el "ser" y la "existencia" de Sartre. En una entrevista o acaso "autoentrevista", Gombrowicz se llegó a llamar existencialista, aunque con la salvedad de que "quien se siente artista no es filósofo". También dijo, en otra oprtunidad, que el Sartre de “El ser y la nada” (1943) fue un "codificador de mis sentimientos" y que su novela “Ferdydurke” (1937) era "existencial hasta la médula". En consecuencia, las partes del curso dedicadas a Sartre o al existencialismo terminan siendo las reflexiones de un novelista sobre una visión del hombre que clarifica su propia obra.~

2 comentarios:

Matute dijo...

De antemano pido disculpas por tomarme el atrevimiento de sugerir ésta pequeña entrada que refleja la opinión de Witold sobre el, hoy por hoy, tan amado Borges:

"Aquel hombre era de lo más sofisticado y para colmo se sofisticaba cada vez más. Cubierto con un abrigo, oculto tras grandes anteojos Negros, que lo aislaban como una cerca de todo el mundo, llevaba al cuello una bufanda de seda con puntos de color medio perla, en la mano un par de guantes negros de cefir de medios dedos, en la cabeza un sombrero negro de medias alas. Vestido y aislado de esa manera, se llevaba de cuando en cuando a la boca un frasquito pequeño, se enjugaba con un pañuelo negro el sudor de la cara o lo empleaba para abanicarse. Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles, de folletos, que perdía a cada momento y debajo del brazo algunos libros. Era de una inteligencia extraordinariamente sutil que destilaba sutileza; todo lo que decía era tan inteligentemente inteligente que provocaba chasquidos de lengua de admiración de parte de las mujeres y los hombres. Bajaba la voz constantemente, pero mientras más Bajo hablaba más resonaba, porque los demás, bajando la voz, lo escuchaban aún más (aunque no lo escuchaban); y así con su Sombrero Negro parecía conducir a su grey hacia el Silencio Eterno. Consultando a cada momento sus libros, sus apuntes, revolcándose en ellos, bañándose en citas raras, condimentaba su pensamiento y Se divertía haciendo las Cabriolas más extrañas, y todo aquello como si sólo a él estuviera destinado, como si fuese un eremita. Debido a las piruetas que hacía con los papeles y a los caprichos de su Pensamiento, se volvía cada vez más inteligentemente inteligente, y su inteligencia, multiplicada por sí misma, a caballo de sí misma, se volvía a tal punto inteligente que... ¡Jesús, María...!" [1].

1. Transatlántico, Barral, Barcelona, 1971, pp. 44 y 45 (traducción de Sergio Pitol).

Matute dijo...

Al contrario, muchasgracias a ti por este blog