10 febrero, 2008

Gombrowicz en Argentina


Por Eduardo Berti

El 21 de agosto de 1939, un trasatlántico de bandera polaca llegó a Buenos Aires. Era el Chrobry, que hacía su viaje inaugural, con una comitiva de personalidades. La noticia de su arribo mereció un breve recuadro en La Nación. Se informaba allí que había tres escritores entre los viajeros; uno de ellos, "Witol (sic) Gombrowicz, un humorista moderno, de vasta cultura".

Witold Gombrowicz tenía en aquel tiempo 35 años. Nacido en la nobleza rural, educado en un colegio católico de Varsovia, recibido más tarde de abogado, llevaba publicados tres libros: un volumen de cuentos (1933), la pieza de teatro Yvonne, princesa de Borgoña (1935) y la novela Ferdydurke (1938), "libro inclasificable" al decir de Bruno Schulz, otro brillante escritor de su generación. Aunque incipiente en apariencia, la literatura de Gombrowicz estaba por entonces delineada. En los relatos y en la novela (para muchos, su obra maestra) se encontraba ya plasmada una de sus ideas centrales: que el hombre vive atrapado "entre Dios y la inmadurez", entre lo acabado (la "forma") y lo imperfecto; que cuanto más se siente amenazado por la muerte, más nostalgia le inspira "el movimiento ascendente de la juventud".

Lejos estaba de imaginar Gombrowicz, cuando su barco zarpó del puerto de Gdynia, que en pleno viaje estallaría la Segunda Guerra y que él resolvería quedarse en la Argentina. El país le impresionó como una especie de "torre de Babel", dado el múltiple aporte inmigratorio. Pero los primeros tiempos fueron duros, como lo revela esa sátira semiautobiográfica que es su segunda novela Trasatlántico (1951).

Gombrowicz se alojó primero en Flores, en la calle Bacacay; luego habitó diversas pensiones, entre ellas una en Tacuarí 242. Poco a poco se fue vinculando con los artistas locales: Roger Pla, Antonio Berni, Leonides Barletta. Escribió en revistas como El Hogar o Aquí está, y en La Nación, gracias a Arturo Capdevila y Eduardo Mallea. Hasta llegó a colaborar, bajo el seudónimo de Mariano Lenogiry, en una revista católica llamada Criterio.

Cuando la guerra terminó y quedó establecido en Polonia un gobierno comunista, Gombrowicz comprendió que el exilio iba ser largo. Corría 1945 y tomó dos decisiones capitales: alquilar una habitación; conseguir que Ferdydurke se tradujese al español. La habitación de la casa de Venezuela 615 fue la misma que ocupó hasta el fin de su estancia porteña. La traducción de la novela, financiada por su amiga Cecilia Debenedetti y a cargo de un comité colectivo presidido por los cubanos Virgilio Piñera y Humberto Rodríguez Tomeu, se llevó a cabo en el primer piso de la confitería Gran Rex, donde funcionaba desde 1941 una sala de ajedrez regenteada por el también polaco Paulino Frydman.

La revista Sur, que tanto influía sobre los gustos literarios, ignoró olímpicamente Ferdydurke. "No nos gustó, lo descubrimos más tarde", diría Silvina Ocampo. El desencuentro fue mutuo, porque a Gombrowicz nunca le entusiasmaron mucho las ficciones de Borges, cuya metafísica le parecía "compleja, esteril, aburrida y poco original". "No es Borges quien me irrita", se explayaría en 1962, "son los borgianos, ese batallón de estetas".~

(fragmento de un artículo más extenso, publicado en 2001)

2 comentarios:

carlos kuri dijo...

Eduardo, mi nombre es Carlos Kuri (del libro Piazzolla la música límite y etc.), además de que el blog me parece muy interesante (esa diferencia entre Borges y los borgianos es tan útil), y de agradecerto muy buenos momentos de lectura, te escribo para hacerte una consulta más personal. ¿Cuál podría ser el modo? ¿algún email?
Gracias.

Carlos Kuri

Eduardo Berti dijo...

Hola Carlos, mucho gusto! Claro que te ubico y que conozco tu libro (muy bueno) sobre Piazzolla.
Si te parece, podés mandarme tu email y yo te contesto (yo modero los comentarios, así que ese email lo "rechazo" y no sale publicada tu dirección). Te parecde?
Un saludo,
E.