03 septiembre, 2007

Los mendigos de Borges

Por Eduardo Berti


En el libro de recuerdos que consagra a su amigo Jorge Luis Borges, y que por fin se ha publicado tras llevar años inédito, el poeta Carlos Mastronardi (1901-1976) relata el siguiente episodio:

Al pasar junto al atrio de una iglesia, oímos la voz de un mendigo. Después de responder a su llamado, planteamos el inmemorial problema estético: ¿por qué razón el mendigo del teatro o de la novela puede conmovernos más que su modelo real? No ha de ser -arriesgamos- porque el alma humana se nutre de ficciones. Borges habla:

-Nos conmueve más porque lo conocemos. En el transcurso de dos o tres
horas podemos mirarlo de un modo no eventual. El que acabamos de ver es apenas una imagen, una percepción suelta que estuvo en nuestro espíritu unos pocos segundos. En ese término, que es el de una instantánea impresión visual, no pudimos identificarnos con él. Con mucha frecuencia, la vida cotidiana sólo nos suministra sombras. Atado a preocupaciones y tareas, el espíritu mira sin ver.


La escena presenta en todo su esplendor la lucidez y la velocidad mental de Borges, capaz de desplegar una espléndida teoría en pocos segundos; pero también hace pensar en un cuento muy apreciado por Borges: “La mendiga de Nápoles”, breve texto de Max Jacob originalmente publicado en el libro Le Cornet à Dés (1917) e incluido más tarde por Borges y Adolfo Bioy Casares en su famosa antología de Cuentos breves y extraordinarios:

Cuando yo vivía en Nápoles, había en la puerta de mi palacio una mendiga a la que yo arrojaba monedas antes de subir al coche. Un día, sorprendido de que no me diera nunca las gracias, miré a la mendiga; entonces vi que lo que había tomado por una mendiga más bien era un cajón de madera, pintado de verde, que contenía tierra colorada y algunas bananas medio podridas.~

No hay comentarios: