06 septiembre, 2007

Galaxia Borges


La editorial argentina Adriana Hidalgo acaba de editar la antología Galaxia Borges, que he realizado con Edgardo Cozarinky. Lo que sigue es un apretado resumen del contenido del libro.

Por Eduardo Berti y Edgardo Cozarinsky


En el ensayo “Kafka y sus precursores”, Borges reconoce la “voz” o los “hábitos” del autor de “La metamorfosis” en una serie de textos muy distintos y distantes entre sí. “...El hecho –escribe Borges– es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”.

Del mismo modo que todo escritor “crea” a sus precursores, puede pensarse que también deja plasmado eso que hemos querido llamar aquí “galaxia”: una suerte de telaraña que une a diferentes escritores que supieron cumplir roles de lo más variados: maestros o discípulos, rivales o cómplices, interlocutores varios, colaboradores cercanos, coautores ocasionales, etc.

Esta antología recorre la producción literaria de dieciséis escritores argentinos que, por alguna u otra razón, han estado vinculados a la vida o a la obra de Borges, si no a ambas. Los relatos dan cuenta de algún aspecto o de alguna faceta de Borges. Más aún, en alguno de ellos el propio autor de “El Aleph” aparece como personaje. Galaxia Borges refleja las huellas del maestro, claro está; pero en simultáneo cumple otro anhelo: el de proponer una especie de mapa o de retrato de una etapa en la historia de las letras argentinas.

Algunos de los autores incluidos son bien conocidos para los lectores argentinos, otros no tanto. La guerra gaucha de Leopoldo Lugones (1874-1938) y Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes (1886-1927) son obras ya canónicas, mientras que Museo de la novela de la eterna o Papeles de Recienvenido de Macedonio Fernández (1874-1952) forman parte de un canon más secreto pero no por ello secundario.

Manuel Peyrou (1902-1974) y Santiago Dabove (1889-1951), en contrapartida, son mucho menos frecuentados. Del primero puede leerse la novela El estruendo de las rosas (1948) o una muy buena recopilación (La espada dormida y otros cuentos) a cargo de su sobrino y también escritor Oscar Peyrou. En cuanto a Dabove, no publicó ningún libro en vida, y su única obra, La muerte y su traje, fue dada a conocer una década después de su muerte.

Adolfo Bioy Casares (1914-1999) y Silvina Ocampo (1903-1994) formaban con Jorge Luis Borges lo que Victoria Ocampo, hermana de Silvina, llamaba “el trío infernal”. Los tres publicaron en 1940 la imprescindible Antología de la literatura fantástica y un año más tarde la Antología poética argentina; luego Bioy y Borges publicaron Los mejores cuentos policiales (1943), Cuentos breves y extraordinarios (1957) y El libro del cielo y el infierno (1960). La novela más famosa de Bioy es La invención de Morel (1940, con prólogo de Borges), pero cabe también destacar El sueño de los héroes (1954), Diario de la guerra del cerdo (1969) y la reciente edición de su Borges (recuerdos personales). En cuanto a Silvina Ocampo, sus cuentos de La furia (1959), Las invitadas (1961) o Cornelia frente al espejo (1988) merecen figurar entre los mejores escritos en la Argentina durante el siglo XX.

Cercanos al “trío infernal” eran J. R. Wilcock y José “Pepe” Bianco, sobre todo el segundo. El primero, Wilcock (1919-1978), escribió varios libros de poesía y hasta una obra de teatro en verso con Silvina Ocampo (Los traidores, 1956) antes de partir a Italia, donde cambió de idioma y de género, y publicó varios libros de relatos como Hechos inquietantes (1961), El estereoscopio de los solitarios y La sinagoga de los iconoclastas, ambos de 1972. Exquisito traductor de Ambrose Bierce, Paul Valéry y Jean Genet, entre otros, José Bianco (1908-1986) fue secretario de redacción de la revista Sur de 1938 a 1961 y también un magnífico narrador. Su novela La pérdida del reino, originalmente publicada en 1972, fue reeditada por Adriana Hidalgo.

Colaboradores de la revista Sur eran, precisamente, Alfredo Pippig, Marta Mosquera, Ángel Bonomini (1929-1994) y H. A. Murena (1923-1975), aunque en el caso de este último, protegido de Victoria Ocampo, su vínculo con el “núcleo histórico” se fue volviendo más incómodo con los años. La editorial española Reverso está reeditando los cuentos de Bonomini y ha empezado por Los lentos elefantes de Milán. Con respecto a Murena, en su faceta de narrador sobresalen sus novelas Las leyes de la noche (1958) y Los herederos de la promesa (1965), además de los cuentos de El centro del infierno (1956) o El coronel de caballería (1971).

Tres otras escritoras reunidas en la antología, Gloria Alcorta, Luisa Mercedes Levinson (1909-1988) y Betina Edelberg fueron en su momento amigas cercanas de Borges. Las dos últimas han sido coautoras de un texto de ficción y de un ensayo, respectivamente, sumándose así a otras mujeres que escribieron con Borges: Alicia Jurado (Qué es el budismo), Silvina Bullrich (antología El compadrito). María Esther Vázquez (Literaturas germánicas medievales), Margarita Guerrero (El libro de los seres imaginarios) y María Kodama (Breve antología anglosajona). De Levinson conviene destacar su primera novela La casa de los Felipes (1951) y los Cuentos completos editados por Corregidor. En cuanto a Edelberg, su labor ha sido casi exclusivamente como poeta.

Entre quienes formaron parte de la “galaxia Borges”, como amigos e interlocutores, puede citarse además a las escritoras Susana Bombal y Estela Canto, y a los poetas Néstor Ibarra, Carlos Mastronardi y Roberto Godel.

La antología incluye algunas perlas raras: tres pequeños textos inéditos de Edelberg, un relato de Gloria Alcorta escrito originalmente en francés y traducido por primera vez al castellano y dos cuentos casi desconocidos de Pippig y Mosquera.

Galaxia Borges inaugura una serie de libros (de «galaxias literarias», a cargo de los mismos responsables de esta antología) que también editará Adriana Hidalgo.~

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