01 septiembre, 2007

El lingüicidio

Por Eduardo Berti

Una anciana de 94 años murió en 1987, en Pala, California. Era la última persona que sabía hablar cupeño, una antiquísima lengua norteamericana. Lo mismo ha ocurrido en los últimos tiempos con el matipú, el amapá y el banahr, con el yima, el sikiana y el yugh. Cada año mueren unos 25 idiomas en el mundo. Existen hoy alrededor de 5 mil lenguas, frente a las casi 10 mil que había hace unos cinco siglos; de continuar esta tendencia, a finales del siglo XXI quedarán exactamente la mitad, es decir, unas 2 500, o incluso menos si se confirma la aceleración del ritmo de las desapariciones.

Las cifras son consignadas por el lingüista franco-tunesino Claude Hagège en su libro Halte à la mort des langues (Alto a la muerte de las lenguas), publicado en París por la editorial Odile Jacob.

"Por supuesto, las lenguas son mortales como las civilizaciones", admite Hagège, inventor e impulsor del concepto de lingüicidio. "Pero no es por mera manía profesional que me preocupa su desaparición. Los idiomas son un reflejo de la inmensidad de las costumbres y las formas de vida que constituyen el mundo, son como ventanas a través de las cuales las poblaciones humanas ponen el universo en palabras. La pérdida de una lengua significa, por lo tanto, la pérdida de una visión del mundo: un empobrecimiento y un empequeñecimiento de la inteligencia humana".

El caso de las lenguas africanas que clasifican y dividen los objetos del mundo según criterios impensados para un europeo (objetos largos, redondos, comestibles, no comestibles) es apenas uno de los ejemplos a los que recurre Hagège para ilustrar la riqueza amenazada. Frente al verbo "correr" que se emplea en español, el pomo central, lengua aún hablada por unos pocos ancianos que viven en reservas indígenas de los Estados Unidos, 160 kilómetros al norte de San Francisco, propone cinco verbos diferentes: uno denota que quien corre es una sola persona; otro que son varias personas; el tercero que quien corre es un animal de cuatro patas (o incluso, metafóricamente, un anciano); el cuarto que corren numerosas criaturas de cuatro patas; el quinto, por último, se refiere a un grupo de personas que van en automóvil.

Hagège considera "alarmante" que, de aquí a un siglo, la humanidad pueda perder "la mitad de su patrimonio lingüistico" y compara la situación con el peligroso detrimento que se viene registrando últimamente en materia de especies naturales: según un estudio publicado en marzo de 2000 por el diario Le Monde, el ritmo de desaparición de las especies vivas es de mil a 10 mil veces superior al registrado en los periodos geológicos de extinción. Un 8 por ciento de las especies mamíferas corren un serio riesgo, lo mismo que un 3 por ciento de las aves. "Si la progresión continúa a este ritmo, la mitad de las especies animales podrá haber desaparecido para el año 2100", indica Hagège. "El número es llamativamente parecido al de las lenguas amenazadas".

Resulta revelador, por otra parte, que el 90 % de las lenguas hoy existentes (las más desconocidas) sean habladas por apenas el 5 por ciento de la población mundial. Dicho de otra manera: de los 5 000 idiomas que se estiman hoy en práctica, solamente unos 600 son hablados por más de 100 mil personas, mientras que 500 no llegan a poseer 100 locutores. La mayoría de los 170 estados que se suelen considerar como soberanos y políticamente independientes poseen como lengua oficial, única o no, alguno de los idiomas más divulgados en la actualidad: inglés, español, chino, árabe, francés, portugués.

Un grupo de 22 países se destaca especialmente por la cantidad de lenguas que se hablaban en ellos a comienzos de los 90, momento de los últimos censos de importancia. Nueve de esos países poseen, cada uno, más de 200 lenguas: en Nueva Guinea se hablan unos 850 idiomas; en Indonesia unos 670; luego vienen Nigeria (410), la India (380), Camerún (270), México (240), la República del Congo (210), Brasil y Australia, estos dos últimos con unas 200 lenguas cada uno.

"En algunas partes de Australia, cada vez que un miembro de una tribu muere, la palabra que está en la base de su apellido pasa a ser proscrita y se reemplaza su uso con una palabra tomada de alguna lengua vecina. De esta forma, en una tribu que vive en la confluencia de los ríos Murray y Darling, la palabra que significa agua llegó a ser reemplazada nueve veces en cinco años, ya que durante ese periodo murieron ocho hombres cuyo nombre encerraba dicha palabra"

La anédcota es apenas una de las tantas que recoge Hagège en su libro, repleto de hechos sorprendentes, como el de una lengua abandonada por consenso comunitario: fue el caso de los Yaaku, población del norte de Kenia que vivía pobremente de la caza y de la pesca, y que dependía económicamente de su población vecina (los Masai), cuya cultura ejercía sobre sus costumbres una influencia cada vez mayor. Los Yaaku fueron abandonando su endogamia; los casamientos entre ambas etnias se volvieron cada vez más frecuentes; los Yaaku cambiaron su modo de vida, adquiriendo una economía pastoral. El proceso llegó a una cumbre cuando un consejo de notables Yaaku resolvió, cerca de 1930, abandonar su lengua para adoptar la de sus vecinos, más pretigiante y conveniente.

"Una lengua nutre a quien la habla, así como el aire permite respirar", dice Hagège. Y hay casos, incluso, en los que una lengua "provee talismanes para sobrevivir". Es lo que ocurre incluso hoy en Angmassalik, una población esquimal del sudoeste de Groenlandia, en la que ciertos ancianos, al advertir que la muerte anda rondándoles, resuelven cambiar de nombre. "De esta forma esperan que la muerte no los reconozca, al no poder identificarlos por su nombre acostumbrado. Disimularse a través de un seudónimo, cosa que les permite le lengua, equivale para ellos a prolongar la vida".~

(Extractos de un largo artículo publicado en Página/12, Buenos Aires, Argentina)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias. Es muy alarmante lo que está pasando no? MONICA

Anónimo dijo...

La Lengua Valenciana resiste en boca del pueblo los embates etnocidas del catalanismo imperialista. Fdo. Paco Adlert.