20 agosto, 2007

OuLiPo

Algo más sobre OuLiPo, que a partir de mañana (martes) y hasta el viernes estará de visita en Buenos Aires.

Por Eduardo Berti

Fundado en 1960 por Raymond Queneau y François le Lyonnais, el OuLiPo es un grupo que explora de forma metódica las potencialidades de la literatura; de allí el significado de su sigla: Ouvroir (taller) de literatura potencial. El núcleo, que desde su primera hora reunió a escritores y matemáticos, nunca se postuló como una escuela literaria, sino como una suerte de laboratorio al servicio de la literatura, y contó a lo largo de los años con integrantes célebres como Georges Perec, Marcel Duchamp o Italo Calvino.


El proyecto de OuLiPo, heredero a su manera de los formalistas rusos y del Colegio de Patafísica de Alfred Jarry, marcó (según Marcel Bénabou, uno de sus miembros más destacados) la ruptura con “dos series de ilusiones: las del surrealismo y las del compromiso de tipo sartreano”. Si algo no cabe en OuLiPo es la noción de azar o de irracionalidad ni, mucho menos, la idea romántica de “inspiración”; si algo lo ha pintado bien en sus casi cincuenta años de existencia es su espíritu lúdico pero, al mismo tiempo, su rigor científico y experimental.

Dos tareas centrales ocupan desde siempre a los oulipianos, en sus periódicas reuniones: a) inventar estructuras o formas nuevas para que luego sean utilizadas por los escritores como les plazca; b) buscar en obras literarias del pasado huellas de formas que (como ocurre con los textos de Raymond Roussel) hayan anticipado en ciertos aspectos al OuLiPo. Estos últimos casos son vistos como “plagios por anticipación”, concepto próximo al Borges que en 1951 sostenía que “cada escritor crea a sus precursores”.

Entre los precursores de OuLiPo pueden citarse nombres muy dispares: Alphonse Allais con su holorrima o “poema de rima homofónica” (dos versos seguidos que suenan casi igual pero presentan cotenido diferente) o ciertas experiencias de Mallarmé o Paul Valéry. “Todos estos elementos sólo cobraron sentido con la fundación de OuLiPo”, señaló cierta vez Bénabou. “A partir de ese momento, se volvió aceptable la idea, hasta entonces marginal, de tomar el lenguaje como herramienta de experimentación”.

Como es lógico, los propios fundadores también se anticiparon al grupo. Trece años antes del nacimiento del taller, en 1947, Raymond Queneau (quien de joven había militado en las filas del surrealismo y de la patafísica, y hasta había fundado con Boris Vian el “Club de los Savanturiers”) publicó un libro ya ciento por ciento oulipiano. Se llamaba Ejercicios de estilo y presentaba 99 formas distintas de contar un mismo episodio ocurrido en un colectivo: en forma de sueño o de carta, en prosa o en soneto o en verso libre, en futuro o en pretérito indefinido, con grandes dudas o con abundantes precisiones, objetiva o subjetivamente, etc.

Tanto en los Ejercicios de estilo como en otros libros posteriores y de innegable sello oulipiano (La vida: instrucciones de uso, de Perec, o el macedoniano Si una noche de invierno un viajero, de Calvino, por citar dos ejemplos bien notorios), el autor se ha impuesto unas férreas reglas formales que suelen resumirse, en francés, con la palabra “contrainte”, es decir: limitación, traba o restricción.

La lista de las restricciones inventadas por Oulipo es muy extensa y puede consultarse en su completísimo sitio web: www.oulipo.net . Algunas de ellas pueden resultar familiares: anagramas, palíndromos, etc. Otras son más singulares: un texto donde cada palabra comienza por una de las letras del alfabeto, en riguroso orden (“Antonio bebió champagne. Después experimentó fuertes galopadas hepáticas…“), un texto en el que se alternan vocales y consonantes (“Una mano rápida tocó cada nota…”), un poema en el que cada verso se compone de las mismas letras distribuidas en diferentes palabras (“poema anagramatico”).

Alguien osó comparar a un oulipiano con un insecto que construye su propio laberinto del que luego se propone (se impone) salir. "En el fondo, me someto a reglas para ser totalmente libre. La invención siempre nace, en mi caso, a partir de una invención formal”, dijo décadas atrás Georges Perec, cuya novela La disparition obedece íntegramente a una restricción llamada “lipograma”, consistente en prescindir de una letra del alfabeto: la “e”, en su caso (o la “a”, en su heroica traducción al castellano bajo el título de El secuestro). La contracara de esta novela fue otra, titulada con un deliberado error de ortografía Les revenents y escrita sin otra vocal que no sea la “e” .

“Hoy en día el adjetivo ‘oulipiano’ ya no se refiere a los miembros de OuLiPo sino, de forma general, a todos aquellos que trabajan a partir de restricciones”, sostiene Bénabou, lleno de orgullo. El vocablo incluso ha entrado en el diccionario. ¿Qué mejor prueba del éxito obtenido?

(parte de una nota publicada ayer, domingo 19 de agosto de 2007, en el suplemento "Radar" de Página 12)

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