23 agosto, 2007

Literatura japonesa


Por Eduardo Berti

Más allá de los nombres más célebres (Akutagawa, Mishima, Kenzaburo Oé), de algunos casos aislados para « paladares finos » (Kobo Abe) o de un par de autores recientes (Banana Yoshimoto y, más que nada, Haruki Marukami), no es mucho más lo que hasta hace poco se conocía o circulaba en Argentina (y me arriesgo a decir en castellano) en materia de literatura japonesa. Los últimos años parecen indicar, no obstante, un mayor interés por parte de lectores y editores. Es cierto que dos de los mayores novelistas del siglo XX siguen siendo casi ignotos o escasamente traducidos (Junichiro Tanizaki y Natsumé Sôseki), pero en contrapartida la obra del premio Nobel 1968, Yasunari Kawabata, publicada casi íntegramente por Emecé (desde la novela País de nieve hasta los minúsculos Cuentos de la palma de la mano), viene gozando de una excelente respuesta, y el tesón de la traductora y especialista Amalia Sato ha hecho posible la edición de varios libros esenciales para entender los orígenes y la historia de una literatura no tan antigua como la china, pero igualmente milenaria. Es el caso del delicioso « Libro de la almohada » de Sei Shonagon (que Adriana Hidalgo editó junto a los ensayos de «En construcción », de Mori Ogai), de los cuentos de «Cerezos en tinieblas» de Iguchi Ichiyo (a cargo de la editorial Kaicron, que promete especializarse en literaturas orientales), y de «El gran espejo del amor entre hombres », de Ihara Saikaku (Interzona Ficciones, 2003).

Suele decirse que tres escritores marcaron el fin del siglo XVII y los inicios del siglo XVIII: un poeta (Basho, reputado por sus haikus), un dramaturgo (Chikamatsu, el “Shakespeare japonés”) y un narrador : Ihara Saikaku. Se sabe poco de la vida de Saikaku. Se cree que empezó como poeta, antes de volcarse a la narrativa ; se afirma que era comerciante en Osaka y que, tras la muerte de su mujer y de su única hija, hizo un periplo por todo el país que años más tarde deparó una suerte de guía de viaje: Hitomé tamaboko. Como novelista, su obra principal es “Vida de un hombre” (Kôshoku Ichidai otoko), publicada en 1682, a la que sigue, dos años después, una especie de secuela llamada “Vida de otro hombre” y, luego, “Vida de una mujer”. Llegó a escribir un par de obras teatrales, entre ellas Koyomi (El almanaque). Pero ante todo es recordado por sus cuentos, que en su conjunto conforman una especie de “Comedia humana”. En 1685 editó los cautivantes “Cuentos de provincia” (35 relatos divididos en cinco libros), en 1687 “El gran espejo del amor entre hombres» (40 cuentos bastante más extensos, repartidos en ocho libros) y el mismo año “La tradición de la vía de los guerreros” (32 cuentos en ocho libros), a los que siguieron “Historias de guerreros fieles a sus deberes” o “Nuevos cuentos para reír”, entre otros. El propio Saikaku ilustró varios de sus libros, pero en la mayoría fue Yoshida Hanbei el ilustrador.

Lejos de lo que podría pensarse, el mundo que pinta « El gran espejo del amor entre hombres» no fue, en su momento, tan marginal ni tan condenado socialmente. En tal sentido es revelador el prefacio a cargo del inglés Paul Gordon Schalow : en la cultura japonesa premoderna las relaciones homosexuales masculinas debían darse entre un adulto y un adolescente llamado wakashu; cuando un wakashu alcanzaba los 19 años era sometido a una ceremonia de presentación en sociedad en la que se le otorgaba el estatus de hombre adulto, y a partir de ellí era él quien asumía ese rol en las relaciones con otros adolescentes. Los primeros veinte cuentos de Saikaku retratan a wakashus de la clase samurai. Los veinte siguientes se ocupan de los actores kabuki que se protituían en los distritos teatrales de las principales ciudades: Kioto, Osaka y Edo (luego Tokio). “El sexo recreativo tanto con muchachos como con muchachas adolescentes dedicados a la prostitución era una prerrogativa de los hombres de las ciudades, que podían pagar por estos servicios, y elegían entre ambos sin ningún tipo de estigmatización”, indica Schalow. Dos cultos se formaron entonces: el nyodô o camino del amor por las mujeres; el wakashudô o camino del amor por los hombres.

Todos los relatos de Saikaku (no sólo los de este libro) poseen, aparte de un gran valor literario, un alto valor etnográfico. De forma semejante, para saber sobre la vida cotidiana en el Japón de siglos anteriores, más exactamente en el periodo Heian (794-1192), nada mejor que los libros de memorias que dejaron, a partir de los finales del siglo XX, diversas damas que vivieron en la corte de los emperadores. El gran precursor del género fue el Kagerô nikki, hacia 980. Acto seguido, entre 1008 y 1010, Murasaki Shibuku (autora del famoso Genji monogatari) escribió un diario, que dio paso a otros testimonios similares como el Sarashina nikki (circa 1060) o el Sanuki no suke no nikki (1109). Un ejemplo particular, tanto por su cuidada escritura y por su tono a menudo irónico como por el hecho de que mezcla el diario tradicional con formas novedosas, fue el Makura no sôshi (Libro de la almohada) de Sei Shônagon, quien alrededor de 993 y con unos treinta años de edad ingresó en la corte como dama de honor de la emperatriz Sadako (alias Teishi). Las abundantes intrigas amorosas que hay en el libro se alternan con muchas listas, verdadera pasión de la autora. Algunos de estos listados son más bien objetivos (catálogos de plantas, de pájaros, etc), mientras que otros resultan claramente personales : una enumeración de las cosas que causan vergüenza, otra de las cosas que infunden confianza o que producen sentimientos como la pena…


Sei Shonagon


Tras estos libros de memorias las mujeres parecieron desvanecerse por siglos de la escena literaria japonesa. Una notable excepción fue la de Iguchi Ichiyo (seudónimo de Iguchi Natsu), quien llevó una corta vida entre 1872 y 1896. Descendiente de samurais, discípula enamorada de un narrador popular (Nakarai Tosiu), Ichiyo no sólo fue la mayor escritora de la era Meiji (1868-1912), sino también - como señala Amalia Sato en su detallado prefacio - la última escritora del Japón feudal y la primera del Japón moderno. Sus relatos se ocupan de dilemas interiores, pintan las vidas a veces desdichadas de las geishas y analizan los vínculos femeninos entre madres e hijas jóvenes o niñas. Entre los cinco cuentos traducidos está el más famoso de Ichiyo : « Takekurabe », cuyo título fue tomado de un poema de amor del Ise monogatari (otro de los monumentos literarios japoneses) y que narra la relación platónica entre el muy joven Shinyyo (futuro monje budista) y Midori, protegida de un burdel y destinada a ser geisha.

En Japón, los cuentos de Ichiyo son tan reverenciados como su diario íntimo. Su temprana muerte, de tuberculosis, no hizo más que agigantar el mito. Su rostro puede verse, desde 2004, en los billetes de 5000 yen. Por cierto, es la tercera mujer que ilustra los billetes, luego de la emperadora Jingu y de la ya mencionada Murasaki Shibuku.

(publicado originalmente en la revista Nómada, Buenos Aires, Argentina)

2 comentarios:

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