24 agosto, 2007

Apollinaire, el ladrón


Por Eduardo Berti

Se dice con razón que los secretarios de los escritores aspiran casi siempre a una porción de gloria literaria. Ha sido el caso ilustre de André Breton con Proust o de Beckett con James Joyce, así como el de Eric Ollivier con François Mauriac.

La regla no queda confirmada en el ejemplo puntual del secretario de Guillaume Apollinaire, un barón que descendía de la nobleza de Inglaterra, "un infantil mental que no lograba formular más que cinco palabras", al decir de Alberto Savinio.

Agreguemos a esto que el barón era cleptómano. Frecuentaba el museo del Louvre y todas las cosas que de allí hurtaba (vasijas, ídolos, collares) iban a parar al domicilio del poeta, en el bulevar Saint-Germain.

Un día la policía descubrió al secretario intentando robar un Anubis. Lo siguieron y ubicaron su escondite. Otro día fue el colmo de los colmos: ¡faltaba la Gioconda, nada menos! Resultado de una ronda por las casas de los ladrones de arte, Apollinaire fue injustamente detenido y señalado como uno de los cabecillas de la banda. Pasó una semana tras las rejas y su foto apareció en algunos diarios. Esos días en prisión le inspiraron uno de sus poemas más famosos: La Santé.

Apollinaire murió en 1918. ¿Qué se hizo luego del barón? Alberto Savinio ha asegurado que llegó a trabajar, durante la Primera Guerra, de centinela en un campo de prisioneros. Se dice también que dirigió un frecuentado cabaret (llamado el Caveau Routante) y que acabó más tarde como preceptor, en el seno de una familia aristocrática.

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